28/8/2008

Alicia Framis: “El arte ya lo conozco, y lo aborrezco” - Javier HONTORIA

Alicia Framis
“El arte ya lo conozco, y lo aborrezco”

Ante la posibilidad de que Guantánamo se convierta en un Museo, Alicia Framis plantea en el Centro de Arte Santa Mónica de Barcelona una posible alternativa, un lugar que repela el horror. Se condensan en esta exposición que mañana inaugura muchas de las razones que hacen de Framis, que ahora reside en Shanghai, una de las artistas más aplaudidas de su generación.

De las palabras de Alicia Framis (Barcelona, 1967) se desprende que no quiere ser artista pero, tal vez a su pesar, es una de las figuras que mayor eco internacional ha obtenido en la última década. Su trabajo se centra en los problemas de la sociedad contemporánea, se detiene ante sus excesos y trata de darles explicación y respuesta. La suya es una obra trasversal que no ambiciona una evolución progresiva sino que trata de poner el acento en aquello que vivimos y sufrimos todos. Ha hablado sobre incomunicación, sobre el lugar de la mujer, la experiencia laboral bajo el sistema capitalista y ahora lo hace sobre Guantánamo. “La historia –explica Framis– empezó cuando envié a Enrique Vila-Matas todos los nombres de los prisioneros y él hizo de ellos una especie de canción, un mantra que luego fue interpretado por Bargeld. Esta pieza sonora será el núcleo central junto a otra obra de grandes dimensiones que consiste en una instalación de luz y una plataforma con 273 cascos de moto, cortados de una manera que convierte al casco, sinónimo de seguridad, en algo blando y frágil. Metáfora de lo que el gobierno de un país puede a veces representar para los extranjeros”.

–¿Es difícil trabajar sobre un tema tan delicado como Guantánamo?
–Creo que es dar una alternativa a algo que tiene que acabarse. Con el tiempo he aprendido que ir en contra de algo es impedir que desaparezca, así que prefiero la estrategia de la transformación de las cosas. Había incluso pensado en convertir la prisión de Guantánamo en una mezquita, un lugar que los familiares pudieran utilizar como lugar de peregrinación. Tenemos que hacer espacio para el luto, para el horror, para el perdón, para la memoria.

La obra de Framis traza una trayectoria horizontal que se sitúa, en cada proyecto, en un punto caliente de la sociedad contemporánea. Violencia de género, entornos laborales conflictivos, comercio de niños... ¿Cuál es la idea central de su trabajo?
–Para mí, el arte es un laboratorio del pensamiento sobre la sociedad en la que vivimos. Intento crear nuevos prototipos para la sociedad: diseño vestidos, edificios, manifestaciones, lugares para compartir, siempre intento dar a la sociedad algo que no tiene. Pero mi trabajo no siempre presenta la misma apariencia visual porque no me interesa hacer una “marca Framis”. Lo que me interesa es el problema en sí.

– En su obra se ponen en marcha relaciones entre personas a muy distintos niveles. Siempre ha buscado el contacto con “el otro”. ¿Qué busca con estos trabajos? ¿Es un modo de filtrarse en la sociedad, de convertirse en agente activo?
–Sí, me gusta la idea del agente activo, la posibilidad de crear nuevas situaciones, nuevas arquitecturas, lugares para vivir mejor. Últimamente vengo asesorando al gobierno holandés en la creación de nuevos espacios públicos y eso es algo que me interesa muchísimo. Mis trabajos son piezas de uso y me gusta que sean todo lo antiarte posible.

Tras los escritores del no
–¿Cuáles han sido sus principales influencias?
–Mi maestro ha sido Dan Graham, con el que aprendí precisamente la importancia de la audiencia. Él me animó a hacer nuevas arquitecturas y a dedicarme a la mujer. De Daniel Buren aprendí la importancia del contexto, la idea de que cada obra se ve influenciada por su entorno, y eso es algo que siempre debemos tener en cuenta los artistas. Pero mis preferidos siempre han sido John Hejduck, un arquitecto que nunca construyó, y Enrique Vila-Matas, por su intento extraordinario de romper la literatura, el libro, en dos. Me identifico mucho con los escritores del no, me siento muy identificada con su proceso artístico o literario porque yo siempre he intentado no hacer arte y ésa es mi premisa antes de hacer una obra, que no sea arte, ya que el arte ya lo conozco, y lo aborrezco. Y otro artista que me ha influenciado mucho ha sido Rirkrit Tiravanija, porque él está por encima del arte. Es un visionario.

–Vemos en su obra cómo el espacio social, lo público, incide en la subjetividad del individuo. ¿Puede funcionar también a la inversa?
–Sí, creo que el artista tiene un peso importante en la sociedad, si no que se lo digan a los publicistas o a los profesionales de la televisión y al gobierno con sus planes culturales… Tenemos una gran repercusión en todo lo que se hace en los medios, todos los artistas vemos cómo ciertos conceptos han sido robadas del mundo del arte y utilizados para otros fines. Al mismo tiempo, me parece muy bien que el arte, o los procesos artísticos estén ya en los media. El artista siempre ha tenido esa facilidad de adelantarse, de ejercer la reflexión y de crear formas conceptuales que luego son utilizadas por la sociedad.

–¿Así que cree que la sociedad confía en ustedes, los artistas?
–Yo no creo que el artista cambie masas, pero sí creo que jugamos, como los científicos, un papel importante para el cambio del pensamiento contemporáneo. Es cada vez más común que los artistas trabajemos con empresas, como asesores, porque éstas necesitan cada vez más pensamientos creativos avanzados. Creo que vivimos una gran época.

El lugar de China
–Después de muchos años viviendo en Holanda, se ha mudado Shanghai. Háblenos de su experiencia y su trabajo en China.
– Shanghai es una ciudad joven, impetuosa, llena de fuerza y de contradicciones. Todo es posible pero, al mismo tiempo, todo está prohibido. Creo que puedo hacer algo por China. Ya estoy haciendo un espacio nuevo para el museo de arte contemporáneo llamado ARTLAB. Lo inauguraré en septiembre y es un espacio donde invito a artistas internacionales. Un programa único para esta ciudad, lo que me porporciona una enorme satisfacción personal.

Comenta Framis que cuando vives en China “ves a Europa vieja y sin recursos creativos nuevos. No tiene nada que ver con España, en Shanghai el que manda es el jefe, los demás no somos nadie, aunque en mi carta de visita diga Concept director, eso crea una gran confusión para los occidentales, porque en China todo lo decide una persona, desde los enchufes, hasta los billetes de avión o la comida de las inauguraciones… La autonomía a la que estamos acostumbrados en Occidente no existe y siempre nos debemos al jefe, algo difícil para una persona rebelde como yo. Pero me compensa. Así entiendo la cultura en la que estoy. Por otro lado nos respetan mucho porque saben que les vamos a aportar algo inmediato que a nosotros nos costó mucho aprender, y ellos quieren aprender rápido”.

Javier HONTORIA


originalmente en El Cultural. pulsa sobre el texto para ir a www.elcultural.es

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